sábado, 12 de septiembre de 2009

Educar a los niños para que sean responsables

Yo creo firmemente que los niños son buenas personas.


Como dice Carlos Gonzalez y tal y como me ha mostrado mi experiencia de madre y amiga. Sin embargo, el desarrollar un comportamiento responsable no es algo innato, se aprende. Tenemos que educar a los niños para que sean responsables.

Son los padres los principales profesores de este comportamiento y las bases se ponen no con bofetones, sino creando desde bebés un ambiente respetuoso con el niño y con los demás. El modo de hacerlo es mostrar de forma práctica las actitudes empáticas más que exigiéndolas y actuando nosotros mismos conforme a lo que consideramos bueno. El ejemplo es la clave y la relación con los hijos, nuestro modo de tratarlos y hablarles, lo que el niño va a asimilar como justamente lo que deberá hacer, digamos lo que digamos.

Es en el día a día cuando los padres pueden enseñar las bases del comportamiento responsable y que se convertirá en un hábito si el ambiente lo promociona. Se enseña con palabras, pero sobre todo con hechos. Un padre no puede gritar si los gritos están mal. No puede pegar, si pegar está mal. No puede burlarse de los miedos o errores del niño, si eso está mal. No debe impacientarse si perder la paciencia está mal. No debe insultar, no debe amenazar, no debe actuar ni hablar despectivamente de su hijo ni de nadie. El respeto no se exige, se gana. No se manda, se enseña con respeto.

familia feliz

Y cuando nos equivoquemos, que nos pasará, ya que padres y madres somos humanos, lo más respetuoso es pedir perdón, sobre todo a nuestros hijos, para enseñarles que ante el error la disculpa es la mejor arma, no la soberbia ni el abuso de poder. Ser capaz de pedir perdón nos hace más grandes y mas dignos de respeto, es quizá la mejor enseñanza que podemos darles.

La mejor muestra de responsabilidad es ser capaz de asumir los propios errores y pedir perdón por ellos. Si no lo hacemos, no estaremos en disposición de exigir lo mismo de los niños.

Los padres, además, debemos dar muestras de respeto hacia los demás de forma activa. Si mostramos un comportamiento constante de respeto hacia las opiniones ajenas, las propiedades ajenas y las personas, en general, nuestros hijos asimilarán vivencialmente que ese es el comportamiento correcto.

Se acabó el ridiculizar a los demás, escupir en la calle, tirar las colillas al suelo, insultar, gritar furiosos en los atascos, no ceder el paso al entrar en el portal. Hay que dar ejemplo, eso es. Son nuestras acciones diarias, actitudes, acciones y habilidades sociales mucho más eficaces que ningún sermón.

Por supuesto, la palabra es una forma de reforzar y explicar nuestro comportamiento. Cuando cedamos el paso, o recojamos un papel que otro tiró en el parque, le explicaremos al niño, por muy pequeñín que sea, el motivo por el que lo hacemos. Los ejemplos son muchos, y seguro que podéis encontrarlos en vuestras vivencias cotidianas.

También podemos apoyarnos en contarles historias didácticas, sin que en ellas tengan que aparecer dramas truculentos. Hay muchos libros de cuentos que narran situaciones en las que las personas se comportan con honestidad y ternura. Son un excelente refuerzo y suelen transmitir que las acciones buenas siempre tienen consecuencias y las malas hacen daño incluso al que las realiza.

Hablar con los hijos es importantísimo, siempre. Nada hay más valioso a la larga que alentar una comunicación fluida y con confianza. Eso se abona desde que son pequeñitos. No podremos esperar que un adolescente nos venga a contar sus cuitas si cuando era un niño cualquier problema que nos explicara nos parecía estúpido, banal y aburrido.

Si nunca tuvimos tiempo, paciencia y empatía con el niño pequeño, si le reñimos más que entenderlo cuando nos interrumpía con sus pequeños problemas, no lo hará nunca más. La responsabilidad, como os decía, se enseña siendo responsables. Nuestra responsabilidad como padres es atender a nuestros hijos con verdadera concentración. Eso de decirle a los niños se callen, que son unos pesados, que no hacen más que molestar, que vaya tonterias les preocupan, es uno de los peores errores que podemos cometer.

Es una buena idea dedicar todos los días un rato a hablar con los hijos, con tranquilidad, sin presionarlos ni interrogarlos. Especialmente cuando comienzan los colegios es muy posible que se muestren reacios a contarnos las cosas que han hecho, que eludan el tema. No hay que agobiarlos. Todo llega. Hay que tener en cuenta que el colegio o la guardería son ambientes muy nuevos en los que el niño se encuentra descolocado al principio. Se encuentran con nuevas figuras de autoridad, nuevas reglas y nuevos conflictos que pueden no saber resolver. En esos momentos es cuando hay que saber estar a su lado y no dar de lado esos pequeños detalles que poco a poco nos vayan confiando, dándole a lo que les pasa la importancia que para ellos tenga, no minimizando los miedos o problemas a los que se esté enfrentando.

En las conversaciones que tengamos y en nuestra actividad cotidiana es conveniente hablar de los sentimientos, tanto los buenos como los malos, para que ellos sepan darles nombre y comprender lo que les sucede. Ser valeroso, considerado, compasivo, honesto y amable son rasgos de carácter que, si nos fijamos, podemos identificar en nuestro entorno. Valorar estas cualidades abiertamente ayudará a que nuestros hijos las identifiquen y valoren también.

Por supuesto los niños, además del enorme deseo de ser buenas personas y hacer felices a los demás, van a tener que enfrentarse con sentimientos negativos: la ira, la rabia, los celos, el resentimiento y la soledad también forman parte de sus vivencias. Ellos, sin el escudo protector de la experiencia y la contención que tenemos los adultos, los sufrirán con una potencia enorme. No sabrán al comienzo lidiar con ellos. Se desbordarán. Y nosotros tenemos que contenerlos, no que reprimirlos ni castigarles.

Tenemos, entonces, que aguantarnos el impulso de etiquetarlos como “malos”, de decirles que no deberían sentir eso que sienten o decirles, incluso, que esos sentimientos son malos. No lo son. Forman parte de la naturaleza humana. Todos sentimos cólera o miedo, que suelen ir muy unidos. Lo que no es correcto es canalizar estas emociones de forma que nos hagan daño o dañen a los demás. Parece complicado, pero es sencillo si hacemos ese ejercio sano de ponernos en su piel.

Cuando un niño tiene un sentimiento negativo, habitualmente, está lleno de miedo, en el fondo como lo estamos todos. Pensemos que tienen miedo a perder el amor de sus padres, a ser abandonados, a ser rechazados. Empaticemos con ellos. Entender la naturaleza de estas emociones negativas nos ayuda a identificarlas y curarnos de sus consecuencias.

Una forma de abordar esto es la práctica de la empatía, como he señalado. Primero, desde que son bebés, ejerciéndola nosotros, enseñándoles de forma palpable y además explicándoles que respetamos sus sentimientos y sus necesidades. Nuestro papel es el de esforzárnos en atender esas necesidades, incluso y especialmente las emocionales de contacto físico y de ternura. Luego, cuando van creciendo, tendríamos que ir animándolos a compartir los sentimientos con nosotros, explicando que otras personas pueden también tener miedo o estar tristes, como ellos mismos lo están a veces.

No es un camino rápido, ni una receta infalible. No puedo garantizaros que vaya a dar resultado al 100%. No es un “metodo” que os vayan a vender en un libro como si fuera milagroso. Supone mucho trabajo por nuestra parte. Pero es como se trata a las personas y como las personas desean ser tratadas, sean niños o adultos. Y es la única manera en la que se entiende, de verdad, a fondo, en el corazón, lo que es ser responsable y empático con los demás.

De Bebesymas

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